miércoles, 18 de marzo de 2009

El imprescindible…

[…]

He aquí la estrella que pasa
Con tu respiración de fatigas lejanas
Con tus gestos y tu modo de andar
Con el espacio magnetizado que te saluda
Que nos separa con leguas de noche

Sin embargo te advierto que estamos cosidos
A la misma estrella
Estamos cosidos por la misma música tendida
De uno a otro
Por la misma sombra gigante agitada como árbol
Seamos ese pedazo de cielo
Ese trozo en que pasa la aventura misteriosa
La aventura del planeta que estalla en pétalos de
sueño

En vano tratarías de evadirte de mi voz
Y de saltar los muros de mis alabanzas
Estamos cosidos por la misma estrella
Estás atada al ruiseñor de las lunas
Que tiene un ritual sagrado en la garganta
Qué me importan los signos de la noche
Y la raíz y el eco funerario que tengan en mi
pecho
Qué me importa el enigma luminoso
Los emblemas que alumbran el azar
Y esas islas que viajan por el caos sin destino a
mis ojos
Qué me importa ese miedo de flor en el vacío
Qué me importa el nombre de la nada
El nombre del desierto infinito
O de la voluntad o del azar que representan
Y si en ese desierto cada estrella es un deseo de
oasis
O banderas de presagio y de muerte

Tengo una atmósfera propia en tu aliento
La fabulosa seguridad de tu mirada con sus cons-
telaciones íntimas
Con su propio lenguaje de semilla
Tu frente luminosa como un anillo de Dios
Más firme que todo en la flora del cielo
Sin torbellinos de universo que se encabrita
Como un caballo a causa de su sombra en el aire

Te pregunto otra vez
¿Irías a ser muda que Dios te dio esos ojos?

Tengo esa voz tuya para toda defensa
Esa voz que sale de ti en latidos de corazón
Esa voz en que cae la eternidad
Y se rompe en pedazos de esferas fosforescentes
¿Qué sería de mi vida si no hubieras nacido?
Un cometa sin manto muriéndose de frío

Te hallé como una lágrima en un libro olvidado
Con tu nombre sensible desde antes en mi pecho
Tu nombre hecho del ruido de palomas que se
vuelan
Traes en ti el recuerdo de otras vidas más altas
De un Dios encontrado en alguna parte
Y al fondo de ti misma recuerdas que eras tú
El pájaro de antaño en la clave del poeta

Sueño en un sueño sumergido
La cabellera que se ata hace el día
La cabellera al desatarse hace la noche
La vida se contempla en el olvido
Sólo viven tus ojos en el mundo
El único sistema planetario sin fatiga
Serena piel anclada en las alturas
Ajena a toda red y estratagema
En su fuerza de luz ensimismada
Detrás de ti la vida siente miedo
Porque eres la profundidad de toda cosa
El mundo deviene majestuoso cuando pasas
Se oyen caer lágrimas del cielo
Y borras en el alma adormecida
La amargura de ser vivo
Se hace liviano el orbe a tus espaldas

Mi alegría es oír el ruido del viento en tus cabellos
(Reconozco ese ruido desde lejos)
Cuando las barcas zozobran y el río arrastra tron-
cos de árbol
Eres una lámpara de carne en la tormenta
Con los cabellos a todo viento
Tus cabellos donde el sol va a buscar sus mejores
sueños
Mi alegría es mirarte solitaria en el diván del
mundo
Como la mano de una princesa soñolienta
Con tus ojos que evocan un piano de olores
Una bebida de paroxismos
Una flor que está dejando de perfumar
Tus ojos hipnotizan la soledad
Como la rueda que sigue girando después de la
catástrofe

[…]

Nacida en todos los sitios donde pongo los ojos
Con la cabeza levantada
Y todo el cabello al viento
Eres más hermosa que el relincho de un potro en
la montaña

[Huidobro. Altazor. CANTO II.]

viernes, 20 de febrero de 2009

Remembranzas I (fragmentos)

*

Querido D:

Llevar. Llevar un día por la tarde este azul a cuestas, un azul difuso, contenido u opaco, un tanto tibio.
Anunciaba la esquiva y denostada forma nuestra. Estaba enojada por principio, anudando los colores en la bolsa.
Azul samótracico de restos, el veneno de la voz en nuestras muertas. Me subí al quinto piso a mirarla (¿era el tercero?).
No era de noche ni de día, tan sólo el ocaso abrumando los carteles de los circos.
Estaba vestida del mismo azul en otros planos. Caí en la cuenta de estar en un museo y entonces me acordé de Daniel y de cómo miramos con atención las esponjas en su libro. Samotracia estaba vestida con las esponjas, ésa era la cuestión. Las esponjas a su vez me recordaban:

los manchones de tinta de la novela de Boris Vian sobre la pared, móviles cuando el sol las rozaba en el transcurrir.

(Qué hermosa la lectura que hice de aquella novela, que te conté al oído una tarde calurosa).

Ahora me detengo en lo rojizo de las tardes, cuando mi ventana hace manchones aceitosos del día declinando. Melancolía hecha de surcos, atravesada por mi imaginación desbordada en los fragmentos. Tomo algunas fotografías: a palpar con las palabras el silencio. Derivan estos pedazos de imagen que se clavan

y revientan en amarillo las cosas que sobre todo no me gustan. Los pisapapeles de una historia que habla con los ecos de Satie, tardes arcoiris vueltas rastro, huella. Escritura ensimismada, retazos de humo y un tejido anaranjado que ahora aprendí a hacer. No-voy-a-la-esquina. Me encuentro los stenciles pintados en el gimnasio y Freud está bailando tap.

*

Querido C:

Nunca supe cómo terminaron las servilletas. Pero recuerdo puntualmente cómo las escribiste. Eran trozos de escritura entre tus restos. Figuraciones suspendidas y ángeles que hablaban con los papeles maltrechos. Indudablemente mi duda central es si las servilletas están aglutinadas en un baúl o el material se tiró a la basura. Tengo muchas dudas sobre la composición, sobre todo porque leo algo cada día en torno a ella. O tal vez porque todo perece. También porque todo indica que estamos en abril aunque apenas es febrero. Así como hemos cambiado, cambian los materiales... Al final, te escribo porque no sé si ya te fuiste. Hoy estoy particularmente nostálgica: me quema la belleza de las lilas y llevo meses escribiendo sin escribir.
Amagar a una taza de café esos momentos. Nuestros. Las palabras anacrónicas de sentido general como "amor".
Y derruir de exilios las cocinas. Las fiestas de antaño. Ha sido un gusto verte, esas fórmulas que siempre intercambiamos de país a país. Nosotros nunca nos despedimos, es mejor así... Tanto llanto innecesario en los aeropuertos, en las estaciones de tren... Hemos superado la juvenil creencia de que no nos volveremos a ver. Vuelvo a las servilletas:

1. Atajar un café
2. Hablar
3. Tomar una servilleta escribirle. ¡Escribidme!

Retazos infecciosos. Aire. Artaud en nuestros restos. Artaud nunca abúlico leyendo el nosotros. Los otros. Somos, éramos, los últimos agentes del frío. Es todo.

*

Querida J:

El asunto de las mancuspias es altamente interesante. También lo de las ardillas indefinidas. El sexo de las abejas y la bisexualidad cargante de los roedores. Todo un muestrario de historias inconexas pero íntimamente relacionadas. Nuestra conversación ilustrativa asumió su precariedad básica en torno a los animales. ¿Te conté que escribí un libro sobre gatos, perros y grillos? Ahora las mancuspias se adhieren a mi trazo. He pensado en ellas (son femeninas, estoy segura), con minuciosidad.
Habría que detenerse, sin embargo, en la tesitura de la palabra: "man-cus-pia", la hermosura de los sonidos cayendo bilabiales, infra-labiales en nuestro centro. Una palabra hermosa, de esas que se pegan como la plastilina en los dedos de los niños. Figuraciones entre las letras, eso es todo. Hay una serie de rasgos que llaman mi atención: ¿la mancuspia en el árbol, en los túneles, volando entre los cerros? Cualidad voladora in-volante. Recuerdo aquel amanecer en la mesa de la cocina. ¿Era 15 de septiembre? Te hablé del pájaro. Ya no sé si lloré (creo que sí), o si tan sólo evoqué la cuestión del pájaro como una hondonada deseante de mi interior adormecido. Esta conversación de las mancuspias me recordó, precisamente, aquella conversación matutina, a las seis de la mañana, sobre los pájaros. Estaba enamorada ¿recuerdas? Después comprendí que todo se desmoronaba y que todos cambiamos. Ya no pienso en el pájaro, no sé si soy menos infeliz que antes. Los pájaros y las mancuspias no me atormentan más. He aprendido que el placer es una mancuspia sobre el reloj.

miércoles, 28 de enero de 2009

pedazos

(Impreciso 1)

Silere enciende los huecos

de la luz o su vacío.

Las nubes blancas

opacan el sol difuso en los aviones.

No se puede encontrar

su sonrisa anaranjada

entre los artificios plásticos

tan blancos como las nubes.

Se fatigan los ojos en el silencio

de no saber de dónde vienes

ni a dónde vas

o por qué vas, con tanta seriedad,

si, en realidad, tú ibas a otro sitio.


*
Chequeo de maletas. Aborda un autobús.

Piçoas. Portugués escurre baba blanca. Resplandece

la luz en el destello impreciso de la invisibilidad.

Un paso en falso: enhabitar. Todo es posible.

Lisboa, sosegada en su austera calma, se repliega en su mutismo.

Entro en saudade. Nostalgia in/vacío.

Sé por qué estoy aquí, cuál es mi nombre.

El tránsito intravenoso de la nada

colorea mi cerebro esquizo en blanco.

Todo es silencio detrás del ruido.

*

Plasmas de vacío entre los ojos.

Caminar cuesta arriba, inderivando.

Especulo los ojos sin rumbo.

Perra vida que me trajo hacia la belleza (bulle, quema

mis dentelladas furiosas entre los lirios azules de mi muerte).

Subo

(infatigable).

Lisboa está vacía.

La atraviesan enormes avenidas con potros de nieve en las esquinas.

Qué calor el de esta tarde. Es verano.

Los copos alcanzan los edificios viejos, se incrustan entre sus redes

(hiedras blancas colorean la ruina).

Esplende la transparencia serena del sol derramado en redes múltiples.

Todo es blanco (mudo).

miércoles, 21 de enero de 2009

ESCRIBIR (Trozos, 2008, versión 477-b)

(cont.)

...Y así como me reconozco en la música, también me reconozco en la imagen. Leo los siguientes poemas inspirados en cuadros del expresionismo.

(caballo rojo)

en un campo inmenso
de nieve
atraviesa un caballo rojo
las pendientes

azota su melena
de fuego
contra la nada

(caballo azul)

una llama infinita
de tristeza inhumana
enciende el caballo azul
en un círculo amarillo
perplejo ante sí mismo
por su asombrosa palidez



Imágenes festivas y gozos extraordinarios los de la escritura que toma de cuadros, de sonidos, de imágenes cinematográficas, su materia prima, que se hace sola mientras el que escribe está hipnotizado cuando el libro al lado, el cuadro en la memoria, o el sonido de algún animal, muy lejos o cerca, palpitan sobre las palabras para que ellas conjuren a la poesía y la detengan sobre la hoja que, por fin, ya está escrita.

Fragmento 4
Inspiración

Rodin les decía a sus discípulos que el artista que trabaja siempre está inspirado. La escritura es un oficio, entre más se escribe, más se aprende. El trabajo del escritor es infinito, en ello radica el cansancio y el agotamiento, pero a la vez el gozo; la escritura nunca es rutinaria, es oficiosa, que es muy distinto. Y en la oficiosidad, el poeta encuentra su voz, su “alma” y a la vez la fiesta que representa el trabajo cotidiano. Palpo, enceguecida, la materia oscura que me reclama. La poesía indefinida se hilvana trazo a trazo en el duro pero gratificante aprendizaje. Anularse. Dejarla ajena al sí mismo es el primer golpe que he recibido, pero a la vez, uno de los más grandes placeres que la escritura otorga. Lo que escribo ya no me pertenece. No somos nada, nunca hemos sido.

Fragmento 5
Amistad

Tal vez los que más sufran son los amigos de alguien que escribe. Son ellos, quizá, los hacedores del poema. El poeta lo expulsa, pero los amigos son quienes enfrentan la poesía con la otredad, con su silencio o contra su grito. Quien te lee ya es tu amigo, ha perpetrado contigo la intimidad de la escritura misma, la ha tomado para sí, ahora es suya, mía y tuya. O quizá neutra: un todo sin todos, un nadie sin alguien. Después de todo ¿no es con los amigos con los que se festeja incluso el dolor? Leo un poema de Cuerpo donde exalto la amistad como uno de los espacios más vastos del que la poesía bebe:

Partíamos el pan en casa. En la tuya y en la mía. La risa no era un demonio en nuestra contra. Era un espacio azul o pequeño, no importaba. Era una casa. Un territorio nuestro: apto al abandono, al exilio de los cuerpos.
No temíamos la ira que cabalgaba en los establecimientos rojos de los cuerpos sin ojos. Eran miradas, las sujeciones caricias entre nuestros cojines adoquinados por el reconfortante calor de los cuerpos. Abrazo en brasas. Partíamos el pan y éramos Otros, nosotros, libres o esclavos, desposeídos de la particularidad indivisa del yo que, por fin, ya nunca hablaba. (“El otro cuerpo”. Cuerpo)

Poemas de la amistad, surgidos de ella, por ella, en ella. El siguiente poema surgió de una conversación “festiva”, repleta de bromas, de risa (la piel dorada del mundo) con un amigo y se escribió con los retazos de su habla; un habla compartida, como lo es la poesía, un espacio abierto de todos y de nadie:

Tú me dijiste que había que sacarse las agujas de los ojos y asistir al trueno
de lo que nunca será verdadero. Yo escribía sobre ventanas nubladas y absortas en el verde de la soledad herida. Me saqué las agujas de los ojos para verte: eras tan hermoso que dolías. Me sequé de las manos las heridas, los laberintos en blanco de las ventanas sin saltar y la debilidad de la demora. El cuerpo se extinguía sobre tu rostro, para siempre el mío pero sin mí, sin ningún poder entre nosotros: los Otros. (“El otro cuerpo”. Cuerpo)

Considero que en lo anterior reside aquella angustia que Kafka evocaba cuando leyó, entre sus amigos, “La condena”, porque es en esa lectura compartida, cuando siente el profundo placer y el gozo de enfrentar lo literario al otro. En esa “desposesión”, el Afuera de la obra de Kafka encuentra su punto de fuga y su verdadera realización. Para mí, leer a mis amigos y ser leída por ellos es lo que me permite despojar a la literatura de mi yoicidad y dejarla poseer su gozoso afuera.


Fragmento 6
Pureza

La experiencia propia en torno a lo literario es, sin duda, un espacio de gozo. La literatura no sólo se relaciona con escribir sino también con leer. Al leer volvemos a escribir. Entre estas dos actividades, que acostumbramos a pensar separadamente, hay una unión intrínseca. Quien lee vuelve a escribir la obra, a someterla a su murmullo ausente, a su oscilación infinita y vasta en el tiempo detenido. En la poesía, la lectura en voz alta retorna al poema a su origen, allí donde éste se repliega de la cronología y se suspende en el aire para anularse. Quizá en la lectura en voz alta, es cuando la poesía alcanza la pureza al no estar mediatizada por ningún instrumento. En ella, el ritmo hace una fiesta entre los presentes, juguetea con el lenguaje, lo avienta como serpentinas o fuegos artificiales a los espectadores. Cuando Pura López Colomé lee sus poemas en voz alta, se cierran los ojos y se asiste a la voz lejana que invoca el ritmo, la cadencia armoniosa del sentido que, instantáneamente, se abre ante el escucha. Para evocar esta pureza y convocar a la poesía como Pura dice, voy a compartir algunos poemas, los más recientes que he escrito.

De Contramundos.


*

El aire de julio
es un animal feroz que se pasea
como un veneno.
Deja su estela gris
en la incomodidad de los nombres y
en la materia azul de la miseria.
El viento despega las hojas de
los cuadernos y las azota, impasible,
contra sí mismas.
Las palabras ríen o yo río
a carcajadas entre los pedazos
de mi nombre, de mi fracaso, de mi impaciencia.
Los trozos silenciosos del aire viajan,
mudos, terribles, azotándose.
Animal fragmentario que avienta sus pedazos
contra mi cuerpo. Cuerpo animal, aire animal:
ira terrible.


*
Era preciso el pensamiento de los lobos,
una armadura nuclear contra la desaparición.
Era razonable el virus sobre las palabras
cuando no te queda más, más que decirte.
Es razonable ser un despojo
un material en blanco
sin tierra ni memoria.
Es necesario creer que tenemos nombres,
que me distingue esto que hago delante del papel.
Es necesario creer que la vida, es esto que hago aquí
aullar contra mi muerte.
No vencerás el combate contra la muerte en tu eterna animalidad: aullando.
Contra/aúllar, contra mis sienes, hacia tu muerte.

Y, para terminar, para dejarlos con el sabor de la festividad poética, voy a leer dos poemas que me sumergen en el gozo y en la fiesta, pero también en el erotismo del lenguaje. Seguramente, no lo haré como lo harían sus autores, pero estoy convencida de que al leerlos los escribiré nuevamente, junto a ustedes, que pacientemente escuchan y convocan a la poesía que hoy, nos abre sus puertas.

(Ben Clark. Los hijos de los hijos de la ira)

Es cierto, el silencio se creó
el día en que ni tú ni yo escuchábamos,
un día que sin duda fue un domingo
-o un lunes, tanto da-
y comprábamos pollo
-siempre comprando pollo-
y en la cola dijiste exactamente
nada,
y yo en correspondencia contesté
precisamente nada,
y fue tanta la nada que hizo cola
que llegamos a casa y nos dijimos
nada, muy despacito,
para que se entendiera sin equívocos
que juntos inventamos el silencio.

Y que aparte del precio de un paquete
de arroz y de un cadáver macilento,
hacerlo no nos había costado
nada.



(Coral Bracho. El ser que va a morir)


”En la humedad cifrada”

Oigo tu cuerpo con la avidez abrevada y tranquila
de quien se impregna (de quien
emerge,
de quien se extiende saturado,
recorrido
de esperma) en la humedad
cifrada (suave oráculo espeso; templo)
en los limos, embalses tibios, deltas,
de su origen; bebo
(tus raíces abiertas y penetrables; en tus costas
lascivas –cieno bullente- landas)
los designios musgosos, tus savias densas
(parva de lianas ebrias) Huelo
en tus bordes profundos, expectantes, las brasas,
en tus selvas untuosas,
las vertientes. Oigo (tu semen táctil) los veneros, las larvas;
(ábside fértil) Toco
en tus ciénagas vivas, en tus lamas: los rastros en tu fragua
envolvente: los indicios
(Abro
a tus muslos ungidos, rezumantes; escanciados de luz) Oigo
en tus légamos agrios, a tu orilla: los palpos, los augurios
-siglas inmersas; blastos-. En tus atrios:
las huellas vítreas, las libaciones (glebas fecundas),
los hervideros.

martes, 23 de diciembre de 2008

Escribir (Trozos, 2008, versión 477-a)

Fragmento 1.
Fracasar

Eran azarosos los saltos o quizá creían dominarse por la mano. Antes que otra cosa se trata de acrobacias: brincos y caídas en la página blanca. Había cientos de ratas corriendo en tropel encima del pensamiento. Chillaban. Luego se escribían: los trazos nerviosos siempre fallidos, tropezando contra lo que se quiere decir pero nunca puede salir completo. Fiesta contra el sentido. Con el tiempo, se aprende o se descubre que la escritura sólo estará constituida de tropiezos, de caídas en falso, de fracaso. Eso es todo. Los primeros fracasos son dolorosos, la escritura parece inaccesible, tórrida, impenetrable, mísmica, puede ser que incluso se le odie. En De tiranos, por ejemplo, escribí:

el único refugio
en el primer lenguaje
fue el culto anormal
a la escritura tiránica
enchueca los dedos de las manos
destroza el cerebro
dio la necesidad de
abrir la boca
abrir la boca
abrir la boca
puta
boca


Pero el gozo de la escritura –descubrí hace poco—, es precisamente fracasar: estar aptos a desaparecer en el papel, a no pretender nada con eso que se escribió y que ya no nos pertenece. En la medida en la que comprendo esta consigna, el camino hacia lo literario se allana, se convierte en un espacio blando del cual, al menos para mí misma, no espero nada. De ahí mi fervor por Kafka, por Maurice Blanchot, por Antonio Gamoneda, poetas y escritores que no extraen nada de la literatura (ni siquiera la propia “materialidad” de las palabras) y que tejen una escritura sin poder, ésa que echamos en falta cuando nos golpeamos contra la sosa “fama” del escritor y sus excesos institucionales.




Fragmento 2.
De mañana

A veces despierto a las 7 de la mañana echando en falta los trazos sobre el papel. Escribo por la mañana para atrapar los ecos del sueño y para que la ventana me hable. Me gusta la lucidez matutina, observar los cambios de luz conforme avanza el día. Si algo bueno traen mis dedos, se escribe prolíficamente, a veces tan sólo un par de líneas. En otras ocasiones, la escritura se repliega; entonces me dedico a trozar y a rebanar lo ya escrito. Cambio, corto, pego. Leo en voz alta. En la relectura, ejercicio aparentemente ocioso, descubro los hilos de lo que intento decir, pero nunca doy en el blanco, las palabras se acomodan a su modo: yo sólo las leo mientras el mediodía atrapa las copas de los árboles con su lentitud amarillenta en declive.

Fragmento 3
Reconocerse

Es una exigencia. Las palabras reclaman algo de mí sobre el papel: hacer una fiesta con la lengua en la que yo ya no soy yo. En una lectura de poesía un señor se acercó preocupado por lo que escribo, traté de explicarle que lo que había escuchado no era yo, sino él. Traté de acariciarlo con una sonrisa. Pero su lectura fue un gozo singular para lo que hago, esa risa que el espejo nos devuelve cuando el otro asiste a nuestro trabajo y exclama alguna cosa. En otra ocasión, una señora —ajena a la poesía— festejó mi trabajo y me palmeó en el hombro. Encuentros gozosos, allí donde el Otro que recibe la escritura, se reconoce. Siempre escribo con un libro al lado, mientras escribo lo hojeo impaciente, atrapo palabras y vuelvo a mi texto, me reconozco en el libro que yace, calmado, junto a mí. Me reconozco, como me reconocí y sigo reconociéndome en Los cantos de Maldoror, en Las flores del mal, en Altazor, en Los heraldos negros o en Muerte sin fin. Y así como estos poemas, que recostados sobre mi escritorio me sumergen en ese reconocimiento inocente y solitario, también me reconozco en pequeñas cosas, en canciones, en sonidos, en imágenes. La fiesta del mundo con su canto que se evade en los laberintos imprecisos de la escritura. Así, la poesía es música y no hay nada más bello que un poema escrito bajo la gasa de un piano triste o la violencia de un violín. Mi poema Cuerpo está relacionado con estos reconocimientos. Es un poema que cuenta la historia de un cuerpo y habla del cuerpo en general. Leo un fragmento que se escribió mientras Satie con su piano carretera rondaba en el aire:

Respiran los oídos las notas suaves de Satie,
esa almohada negra que revienta la tristeza,
estremecida de desamor y de imágenes despedazadas,
de algún encuentro muy lejano y feliz.
El tacto pasea sobre las sábanas de su miseria:
la mano, ordinariamente, tarda bastante en escribir.
Arde tanto la mano sin mirada.
Arde el mundo sin palabra.
Amor: algo posible
si no me asfixio en este imposible devenir.
Amor: un poco solamente
o tan sólo mirarte en silencio.


Y así como me reconozco en la música, también me reconozco en la imagen...

viernes, 31 de octubre de 2008

Maurice Blanchot dice:

La paciencia, perseverancia demorada.

[...]

Cuando todo está dicho, lo que queda por decir es el desastre, ruina del habla, desfallecimiento por la escritura, rumor que murmura: lo que queda sin sobra (lo fragmentario).


[...]

La interrupción de lo incesante: esto es lo propio de la escritura fragmentaria: la interrupción teniendo, por decirlo así, el mismo sentido que aquello que no cesa, ambos siendo efecto de la pasividad; allí donde no impera el poder, ni la iniciativa, ni lo inicial de una decisión, el morir y vivir, la pasividad de la vida, escapada de sí misma, confundida con el desastre de un tiempo sin presente y que soportamos mientras tanto, espera de una desgracia no por venir, sino siempre ya sobrevenida y que no puede presentarse: en este sentido, futuro, pasado están condenados a la indiferencia, por carecer ambos de presente.

[...]

<>. Palabra simple. Exigía mucho. La paciencia ya me ha retirado no sólo de mi parte voluntaria, sino de mi poder de ser paciente: puedo ser paciente porque la paciencia no ha gastado en mí ese yo en que me retengo. La paciencia me abre de par en par hasta una pasividad que es el <>, que abandonó por tanto por tanto el nivel de vida en donde pasivo sólo se opone a activo: asimismo caemos fuera de la inercia (la cosa inerte que sufre sin reaccionar, con su corolario, la espontaneidad viviente, la actividad puramente autónoma) <>. ¿Quién no dice esto? Nadie puede decirlo y nadie puede oírlo. La paciencia no se recomienda ni se ordena: es la pasividad del morir mediante la cual un yo que ha dejado de ser yo responde por lo ilimitado del desastre, aquello que no recuerda presente alguno.

[...]

LLAMO DESASTRE LO QUE NO TIENE LO ÚLTIMO COMO LÍMITE: LO QUE ARRASTRA LO ÚLTIMO EN EL DESASTRE.

[...]

El desastre no me cuestiona, sino que levanta la cuestión, la hace desaparecer, como si <>, con ella, desapareciera en el desastre sin apariencia. [...] No hay <> para experimentarlo, sino porque no podría experimentarse, ya que el desastre siempre tiene lugar después de tener lugar.

[...]

QUE LAS PALABRAS DEJEN DE SER ARMAS, MEDIOS DE ACCIÓN, POSIBILIDADES DE SALVACIÓN. ENCOMENDARSE AL DESCONCIERTO. CUANDO ESCRIBIR, NO ESCRIBIR, CARECEN DE IMPORTANCIA, CAMBIA ENTONCES LA ESCRITURA -TENGA O NO TENGA LUGAR; ES LA ESCRITURA DEL DESASTRE.

[...]

No sé cómo llegué a esto, pero puede que llegue al pensamiento que conduce a mantenerse a distancia del pensamiento; porque esto da: la distancia. Mas ir hasta el final del pensamiento (bajo la especie de este pensamiento del final, del borde), ¿acaso es posible sin cambiar de pensamiento? Por eso esta conminación: NO CAMBIES DE PENSAMIENTO, REPÍTELO, SI PUEDES.



MAURICE BLANCHOT. LA ESCRITURA DEL DESASTRE.

jueves, 9 de octubre de 2008