jueves, 19 de junio de 2008

Gaviotas

Portugal 1

Las gaviotas se enroscan entre los laberintos
de las nubes blancas,
suben y bajan
danzando tibias
mientras sobre el mar, los barcos
dejan su estela blanca.

El tiempo transcurre sin horas
y se desvanece entre los dedos con
sus segunderos dormidos.
Mi soledad ensancha el cielo nostálgico
perdido entre las alas
de los espectros voladores
que me recuerdan
que hoy no soy yo.

Las gaviotas transcurren, unas a otras,
dejando su materia azul en el mosaico
del sosiego
y mis palabras se escurren
entre los nudos del agua calmada
que muy a lo lejos
se deja acariciar por las alas breves.

*

Enamorarse entre las redes de la transparencia;
acariciar las calles empinadas
con sus tendederos blancos:
desear no desear nada,
perderse en la ardiente mirada del sosiego,
en la soledad neutra que ya no amenaza.

Enamorarse,
perderse en la rotura del vacío
entre los pliegues de la belleza adormecida:
hoy no soy yo,
soy las gaviotas.

martes, 29 de abril de 2008

sábado, 8 de marzo de 2008

jueves, 31 de mayo de 2007

Ubi sunt?

cuando niña los buitres rondaban los pinos. estaban sentados hieráticos en los bordes
mirándose con sorna y con la risa asfixiante de los payasos. recuerdo cuando mi madre me cogía de la mano y me arrastraba hacia la escuela y la mañana sórdida se prendía de mi gesto congestionado de leche

estaba con las manos bien limpias entonces. allí se me metió un dolor bien hondo entre los dientes. una esquina suicida que subía hasta la cabeza. una mancha grande en mi corazón pequeño

las espinas cercaron los parques
las odiseas preciosas
las olas más grandes

estaba yo mirando la continuidad del mundo y de mi vida como un ave que pasa y hace estrepitar el silencio veladamente

las lagartijas tornasoles
tostaban los bancos
las lágrimas breves
los horizontes desiertos

¿dónde está la cuchara y la comida del día
el amor primero
el caballo blanco?

¿dónde está el vestidito azul del falso de arlequín fastuoso que llenaba mis sueños
y el ataúd brutal que aparecía en las falsas ventanas?

después me subí a las enramadas
y escalé hasta lo más alto
miré el afuera desde arriba
en soberbia comunión con el vacío

pensé en mi vida como templo profanado, hinchado de estertores y lamentos como una cueva escondida que aguardaba mi oráculo viejo

¿dónde está Muriel el mago con sus sueños de aeronauta, con su brújula y su estrella, con su paracaídas de inquietud? ¿dónde están la misericordia, las cositas pequeñas, los papeles quemados, el amor atlético de plastilina? ¿dónde está el hipócrita que me volteó la cara, la comodidad de antaño, la ligereza de la superficie?
porque uno se acostumbra a pensar en sus antiguas jaulitas, en las cajitas llenas de palabritas huecas, en las porquerías de escuela y en las castraciones de las palabras blancas. ¿qué más me da el tejido y la plata falsa si estoy sentada en mi escritorio, escribiendo inconexa mis palabras? ¿dónde están mis poemas, mis cuadernos viejos, mi aplastante implosión ensimismada?
están sin estar en lo negado. en lo que ya fue escrito y me repele. en todas esas cosas que he pensado de mí misma. en las preguntas que nunca vuelven a dormirse. están en la luna y en la lengua de todos los que, tibios, me han amado sin reservas, de los que se han sentado a escucharme, a mirarme a la cara para no cederme la locura y la horca
mis caballos están aquí y en la puerta. en mi escritorio volador que oscila. en el tiempo cuando miro la pregunta estrellarse contra la angustia, los nervios ociosos y la paradoja eterna. qué bueno encontrarse de pronto, en una noche seca que pasa. en una noche de pino que revienta como lo posible atravesada con los dardos de lo más hondo. en mi ceguera se me escapa, en mi boca revienta, todo eso que se reúne de pronto, que se encarama como una historia perdida, como un punto de fuga, como un espectral paraíso. ¿dónde están mis muertas? pregunto. y mi pájaro locomotora despierta cantando en la cocina

lunes, 14 de mayo de 2007

La palabra esencial

los prismas de la mirada avientan
al pozo pequeñas figuras de estanque
se extinguen con la mirada evasiva
en los disueltos trozos de vidrio

todo nace en el instante

el mundo gira y da vueltas y la palabra

la palabra contenida, en el afuera, atraviesa
la palabra violencia y desastre
sustrae, despoja, delimita
todo aquello que se ve
cuando se nace

en la mierda, en los sueños oscuros, en las personas sin mirada
el habla recorre la posibilidad opaca
el tenue sentido computado para ser

espiral evasiva de vacío profundo
fonema del errar
de la voluntad incalculable

eros con su punzante dardo clava
penetra
lo no-dicho
lo que ya no pertenece
esa nada del afuera
ese poema por escribir
que aguarda las noches


la palabra muerte
regresa peligrosa
en las esquinas
en el viento humillante de
lo que no es
ni será
nunca

la palabra muerte
espectral, como sirena
recoge todo aquello que
el ser no-es


borrado el escritor escribe
tibio el escritor escribe
nocturno el escritor escribe
la tierra engendra lucha
palabra círculo no vicioso
palabra hombre grande

sin nombre
sin edad
sin nada

escritor ola
sin juego
sin contradicción
sin enfermedad
sin miedo
¡palabra! Derrida ¡palabra!

domingo, 6 de mayo de 2007

NIEVE

La nieve empezó a caer a medianoche. Y es verdad
que donde se está mejor es sentado en la cocina
aunque sea la cocina del insomnio.
Allí hace calor, te preparas algo, bebes vino
y miras por la ventana la eternidad familiar.
Por qué ibas a torturarte por saber si nacimiento y muerte
son sólo puntos,
puesto que la vida no es una línea recta.
Por qué ibas a atormentarte al ver el calendario
y a preocuparte por el valor que está en juego.
¿Y por qué ibas a admitir que no tienes
ni para zapatos para Saskia?
¿Y por qué ibas a envanecerte
de que sufres más que los demás?

Aunque en la tierra no existiera el silencio
ese nevar lo habría inventado ya en su sueño.
Estás solo. Ningún gesto. Nada de qué hacer gala.

Vladimir Holan
“Dolor”

[Para mí]

lunes, 30 de abril de 2007

El impostor

Amaneció con esos calambres extraños de cuando no se duerme. Me subí al automóvil, después de haber transitado el túnel yo sola. Estás junto a mí mirando; vamos juntos hacia donde y justamente saldrá el sol. Estoy segura que eres tú y no el otro. Pero tu voz suena distinto, como si, quebrada por el esfuerzo por haber caminado, por haber desbarrado en las aceras y por subir con ahínco la cuesta, las vocales se distendieran con estupidez de tu boca. ¿Por qué llueve tanto? Te pregunto azorada, más dormida que despierta, mirando hacia delante cómo el agua se estrella contra el suelo. Tú no dices nada; estás abstraído en tu ventana, pensando en mí y en la lluvia. ¿Cómo nos perdimos tanto? Porque desde que todo esto empezó, tú y yo, vamos con esa cuerda roja a algún sitio. Luego, la cuerda se rompió y fui a buscarte con otras personas, en otros carteles, en otras fiestas. En otras ciudades. Has regresado hasta mí, siempre con tu faro travieso que navega todos los mares. Estamos juntos. Atravesando esta lluvia que cae ruidosa, que atraviesa brillante; el camino carretera que implota ante su contacto. Qué dulce ha sido escucharte, después de tanto. Después de ese odio que minaba, que daba vueltas en nuestros eternos círculos. Ahora, siento el tibio enroscarse de la cuerda en mi cintura como un gato que duerme en mis piernas. Te miro, estás distinto. Tus ojos verdes tienen un estanque pequeñito en el centro. Agua, todo es agua. ¿Por qué llueve tanto? Te pregunto como si una sirena se estrellará en mis oídos destrozándolos. Mencionas tu cuento del encuentro. Citas párrafos enteros, lees de memoria; y encuentras cómo buscas, cómo te atormentaba encontrar, destrozar, destripar. Cierro los ojos, pero estoy manejando. –Pero, si estoy borracho, -dices fuertemente, con tu voz aguda. Te miro, eres tú. Una vez más y para siempre. Déjame ayudarte con tu mudanza. Déjame que prenda tu cigarro. Deja que te lleve hacia dónde voy, aunque aún no lo tengo claro. Déjame que recuerde cuando éramos niños y jugábamos a “perdernos en el caos, en las fronteras y en lo disuelto que era todo”. Recuerdo: cuando en el retiro corríamos entre los árboles viejos, cuando hablabas entusiasmado de tus sueños, de todas esas cosas; que me partían el corazón y lo reintegraban hacia nuestra historia. Una historia triste con sus grandes destellos. Un destino. Una cosa que pasa. Que pasa los conceptos, los consejos, las vibraciones de la tierra. Te espero desde siempre, desde verte, decías. Aún no dejan de palpitar tus palabras, las palabras que dejabas oscilar en nuestro péndulo, entre el dolor de tenernos o no. Escucharte, estamos juntos, vamos hacia el mismo lugar. Tenemos las mismas muertas, de un lado y del otro. No creo más esa sucia dialéctica del perdón. La dialéctica del perdón se convirtió en una del esfuerzo. Me calma, me calma escuchar tu voz suave, muy pero muy suave, en el teléfono, siempre es cálida; pase lo que pase, siempre lo es. Compartimos una historia, un destino en común. Te puedes ir, me puedo ir, pero la cuerda, el parque, las muertas: son de los dos. Amanece, estamos dormidos por no haber dormido, observamos el horizonte una vez que hemos llegado, hay ángeles en el cielo –si así llamamos a los rayos del sol que hacen brillar el concreto gris–, vamos caminando y oliendo la lluvia de esa mañana de encuentro. ¿A dónde vamos? ¿Estamos? Estamos.