sábado, 25 de julio de 2009

De "Serial de la mentira" en ESTOS SIGNOS

No debo decir nada para ser recordado,
nada sólido que permanezca.
Debo anular las palabras
y suprimirlas de toda música, de estos conciertos azules.

(No debo escribir nada para incidir en el tiempo marchito, extraña invención.)
(Debo dejar de escribir sobre Oaxaca, que se pierda en el laberinto de sus muertos, que se pierda en los ataúdes.)

No debo escribir para morir no basta.
No deber escribir para vivir
las inversiones de la suerte
del querer no vivir los fracasos
la impaciencia denuda, estas palabras.
Una especie socarrona de sexos viajantes
partículas mismícas, muónicas, mutables.
Debo no escribir/escribir mi singular desesperación
por hacer de esta cocina un sitio para hablar, para callarme.

miércoles, 8 de julio de 2009

Caleidoscopio (fragmentos)

Un límite preciso de figuras se deslizan por sus ojos, que en un nítido esquema de colores abren la pupila expectante, ajena al mundo, interesada únicamente en el juego del color y de la geometría. Un movimiento estático de la mano que gira detiene la sucesión de imágenes. El instante mudo denuncia la perplejidad ante la figura; un abigarramiento que mezcla el amarillo, el verde y el rojo de forma absoluta y crea una especie de hélice. Podría estar horas contemplando aquella virtualidad intocable, podría sentirse parte del hechizo luminoso que se regala a uno solo de sus ojos. Sin embargo, a fuerza de tratar de comprender, no el funcionamiento mismo del aparato y su sistema simple, sino el por qué no puede tocar la figura, gira la mano y revisa, meticulosa, la siguiente. El túnel de color se desvanece con el cansancio del ojo. El otro toma su posición y vuelve a realizar el rutinario ejercicio, escrutando cada una de las figuras, atrayendo hacia sí, con deleite, cada uno de los instantes de alegría que le regala el artefacto. Cuando ambos ojos se cansan, la mano gira rápidamente en un último recorrido siempre sorpresivo, aunque ya memorizado, y detiene el pensamiento para concentrar, en la infraestructura del ojo, toda la matemática que posee el organismo, en un débil intento por descubrir por qué los dedos no pueden palpar aquella estrella o cierta figura hexagonal.

[...]

Cuando Luz dejó su juguete predilecto, el gato descendía, escrupuloso, por el mismo camino que había tomado para subir. Transcurrió lento, deslizándose como una tela sobre las paredes. Ocupó un sitio para mirarla con sus ojos burlones. Desde el vidrio de la ventana lo contemplaba con claridad; estaba apostado como una esfinge retadora en el borde de piedra del barandal de la terraza. Luz no puede resistir la tentación de acercarse a él para escrutar, con satisfacción, que tiene heridas en el cuerpo por haber subido la enramada. Se sonríe ante la necedad del gato, que siempre lleva a cabo sus caprichos. Sin embargo, acercándose a él, constata que no se ha hecho daño, toma entonces con arrebato el cuerpo que finge estar inerte y lo lleva a un sillón; el gato se deja caer entre los cojines con pereza y la mira sarcástico. Ella se hinca y lo observa fijamente a la cara. La cara no le dice nada, pero los ojos, los ojos que se abren de pronto, verdes, redondos, exquisitos, le ofrecen unos prismas peculiares. Algo dentro del ojo, una almendra negra, se abre y cierra como si fuera el lente de una cámara. Luz penetra. En ese agujero que abre y cierra las puertas de un interior desconocido, en la ojiva rodeada de una masa verdosa que forma una canica de cristal, en esa sustancia que le muestra al animal por dentro: su frialdad matemática, su eterno misterio. Sin necesitar las palabras, asidero del hombre al mundo, Luz descubre el mensaje del gato, lo tiene preciso en la cabeza aunque carece de forma, aunque no tiene palabras...

[...]

domingo, 14 de junio de 2009

"Circunstancias"

Ante la reciente situación de nuestro país y los comentarios y opiniones que cada uno de nosotros puede tener sobre nuestra "situación democrática", recojo a continuación las anotaciones de Alain Badieu sobre "las paradojas del voto". Más allá de la "postura" que el ciudadano tome por "convicción propia", es un tema que sin duda, debe ocuparnos. Aprovecho para recordar que las elecciones de diputados son fundamentales, pues en ello se juegan las leyes que nos rigen...

[...] las políticas que implican verdaderas decisiones, quiero decir, decisiones emancipadoras, son completamente ajenas al voto. [...] El voto es por principio contradictorio, así como lo es con toda idea contestataria o de emancipación. Les refiero al respecto una anécdota. Durante la fatal quincena en que el "facho" Le Pen aspiraba a la presidencia, los estudiantes de la Escuela de Artes Decorativas realizaron numerosos afiches demócratas, tal como sus gloriosos ancestros, en mayo del '68, habían realizado afiches revolucionarios. Los ancestros habían ilustrado el adagio "elecciones, trampa para tontos"; sus descendientes, el adagio "votar es maravilloso", o algo por el estilo. De lo cual se deduce que Heráclito tenía razón, nadie se baña dos veces en el mismo río. Diviso, colgado en la entrada de su escuela, un afiche en serigrafía verde (desde hace algún tiempo, el verde se usa más que el rojo) que proclamaba: "El voto en blanco ya no es contestatario". Interrogo a un grupo que rodeaba la obra maestra: "¿Pero no querrán decir que lo contestatario es votar a Chirac?" Me conceden que, en efecto, eso sería exagerado. "¿Menos aún por votar a Le Pen?" Me aseguran que eso es impensable: "Por lo tanto, digo, si ni votar a Le Pen, ni votar a Chirac, ni votar en blanco es contestatario, ustedes quieren decir, y deberían haberlo escrito: "votar ya no es contestatario." Sólo admiten a regañadientes aquello que creen que es mi conclusión. Pero prosigo: "¿Ustedes son demócratas?" Se sonríen de que yo haya podido pensar lo contrario. "¿Consideran, entonces, que votar es el mayor acto político, que no hay nada mejor que votar?" Me lo confirman con una pizca de suficiencia y, como dirigiéndose a alguien cuyo intelecto es perezoso, uno de ellos me explica que eso es precisamente lo que quisieron decir con su afiche. "Pero entonces, si votar es el Bien y votar ya no es contestatario, ¿lo contestatario es el Mal? ¿Eso es lo que quieren decir?" ¡No lo admitirán fácilmente! Sin embargo, eso es, lamentablemente, lo que querían decir. Ése era el contenido real de su emoción. Como decían los libertarios del siglo XIX: "Votar es abdicar". En la actualidad, diremos con mayor exactitud: Desear abdicar es votar.


ALAIN BADIEU. "Sobre la elección presidencial de abril/mayo de 2002" Circunstancias. Argentina, Libros del Zorzal, 2005.

domingo, 7 de junio de 2009

FRAGMENTOS DE UN DISCURSO AMOROSO. ROLAND BARTHES.

[UN ESPLÉNDIDO LIBRO: Roland Barthes. Fragmentos de un discurso amoroso. México, Siglo XXI, 2001]

AUSENCIA. Todo episodio de lenguaje que pone en escena la ausencia del objeto amado -sean cuales fueren la causa y la duración- y tiende a transformar esta ausencia en prueba de abandono.

1. [...] no hay ausencia más que del otro: es el otro quien parte, soy yo quien me quedo. El otro se encuentra en estado de perpetua partida, de viaje; es, por vocación, migratorio, huidizo; yo soy, yo que amo, por vocación inversa, sedentario, inmóvil, predispuesto, en espera, encogido en mi lugar, en sufrimiento, como un bulto en un rincón perdido en una estación. La ausencia amorosa va solamente en un sentido y no puede suponerse sino a partir de quien se queda -y no de quien parte-: yo, siempre presente, no se constituye más que ante , siempre ausente. Suponer la ausencia es de entrada plantear que el lugar del sujeto y el lugar del otro no se puedan permutar; es decir: "Soy menos amado de lo que amo."


FALTAS. En tal o cual ocasión ínfima de la vida cotidiana el sujeto cree haber faltado al ser amado y experimenta un sentimiento de culpabilidad.

3. Todo dolor, todo infortunio, subraya Nietzsche, han sido falsificados por una idea de culpa, de falta: "Frustrar el dolor de su inocencia" El amor-pasión (el discurso amoroso) sucumbe permanentemente a esta falsificación. Habría no obstante en este amor la posibilidad de un dolor inocente, de una desdicha inocente (si fuera fiel al puro Imaginario y no reprodujera en mí más que la díada infantil, el sufrimiento del niño separado de su madre); no pondría en tela de juicio, entonces, lo que me desgarra; podría incluso afirmar el sufrimiento. Tal sería la inocencia de la pasión: no ya del todo pureza, sino simplemente el rechazo de la Falta. El enamorado sería inocente como lo son los héroes de Sade. Desgraciadamente su sufrimiento es de ordinario aguijoneado por su doble, la Culpa: tengo miedo del otro "más que de mi padre."

domingo, 24 de mayo de 2009

De "El exilio de los gatos" en Contramundos

*

Son tristes los gatos, pero amagan su canto contra las puertas.
Quisieran dar un paso no más allá para entender el mundo,
pero bien comprenden el misterio de las flores,
los secretos de los árboles que mutan,
el silencio entre las redes de LO VIVO.
En sus ojos,
los cristales multicolores de la espera
aguardan más SECRETOS DOLOROSOS,
promesas vagas de asuntos inconclusos,
roturas milenarias,
trofeos del cansancio eterno.
La espera es una estancia amplia con muebles blancos en el centro.

*
La AMARGURA de las uñas abunda como la hidra en los terrenos baldíos.
Las uñas crecen como un campo magnético de agresión y defensiva.
Campo: espectro inmenso de fractales en los ojos.
Campo defensivo: gatos que saltan sobre sí mismos y nuestro CANSANCIO.
Campo negativo: los ojos de los gatos son la película de un hombre en llamas, que llena con sus gritos, una plaza agotada de PERSONAS SIN OJOS.



*
ABRE la boca y espera,
la continuidad y su combate,
LA BRÚJULA para la detención de todo ruido,
el cansancio por esperar lo que nunca viene.
Convertirse en gato.
ATRAPAR DE UN SALTO LO PERDIDO.
Tener por tentáculo la garra.
Amañar de azul una mirada en llamas.

sábado, 9 de mayo de 2009

Así quedó

Camilla 1342
Ingrid Solana

*

Por principio tenía que comerme el taco. Estaba mirando las escasas personas con cubrebocas que coloreaban las calles vacías: todas azules. Más disfrazadas que antes. Me preguntaba por el camuflaje, también por las cucarachas. ¿Dónde estarían ahora? Camine y me detuve frente al cerdo. Lo miré atentamente, con esas costras de grasa suculenta quemadas por el fuego. Por principio tenía que comerme un taco. El halo a formol que impregnaba el ambiente viciado de la calle sucia, me dio escalofríos: llevaba tres semanas con tos. Tenía que comerme aquel taco. Su insalubridad repentina, de la cual cobré conciencia mientras miraba la suculenta pierna colgada, girando entre las llamas, me llamaba con insistencia. Pedí 5 tacos y me los tragué con ansiedad, casi sin masticar. Luego, me senté en la hilera de personas afiebradas en la farmacia de junto que esperaban por su consulta médica de 30 pesos. Una mujer me preguntó si estaba enfermo, le dije que no, que sólo descansaba por mi ingestión de tacos al pastor, pero que si podían revisarme estaba muy bien, ya que la tos me impedía dormir. La mujer me miró desconcertada; en realidad mi imagen no era muy buena, mi abrigo le habrá parecido un signo de mi inmundicia, con este calor de 35 grados y lo suficientemente sucio. A la vez, sudaba y mi aspecto facial tampoco era del todo "saludable"; la barba crecida, el hedor en las axilas, en fin, todos los síntomas de un enfermo. Me miré en el espejo que se encontraba a mis espaldas, mientras los pacientes en espera me observaban con franco terror. Sonreí malignamente ante la torva imagen que me devolvía el vidrio empañado con el aliento de los otros enfermos. Ciertamente, mi aspecto era deleznable. Me harté de esperar. Caminé sin dirección disfrutando el horizonte vacío. En la esquina lo encontré: un hospital magnífico. La gente se agolpaba contra las rejas. Había un sinfín de ambulancias ingresando contagiados. Los médicos con sus trajes anti-epidémicos hacían señales a las enfermeras que encaminaban a los pacientes a la rutinaria revisión. Penetré en el bullicio trágico y logré entrar a la zona de urgencias. En el primer pabellón, los infectados. Caminé entre las camillas con aire de autosuficiencia y me detuve frente a la de un joven de 23 años, tenía la cara amoratada y junto a sus lívidos brazos un ejemplar de La muerte en Venecia, esto me pareció sumamente curioso, así que me senté junto al enfermo y comencé a hojear el libro. Después de mi desordenada lectura, tuve el impulso de tocarle la frente, el enfermo entreabrió los ojos y me miró aterrorizado. Estaba en ello, cuando una enfermera con traje de astronauta me gritó desde la puerta: Oiga, no puede estar aquí. Mi primera reacción fue echarme a correr; salí del hospital con la idea fija de que esos hijos de puta me buscarían hasta ingresarme. Corrí unas cinco cuadras cuando caí en la cuenta de haberme llevado el libro. Ahora tendría que regresar.

*

Bote 1: material reciclado
Bote 2: material metálico
Bote 3: Deposite aquí su cubrebocas. NO TIRE NINGÚN OTRO MATERIAL.

Las yemas de mis dedos están sucias, miro mis uñas ennegrecidas y siento náuseas. Me quito el abrigo. Lo deposito en “material metálico”. Caigo en la cuenta de no haberla visto desde hace varios días. ¿Qué es de ti, pequeña Lucía, pequeña puta enferma? Miro el contenido de “material reciclado”; por error han tirado en él, colillas de cigarro. Coloco mis manos alrededor del bote y meto la cabeza: material basura, reciclado infernal de porquería, cáscaras de plátano en des-com-po-si-ción, también han errado el blanco y hay un par de jeringas. ¿De dónde salen tantos residuos quirúrgicos?, me pregunto estúpidamente, mientras aplasto con mi mano izquierda el contenido del bote hacia adentro, hundiendo mis dedos en la negrura; la mano derecha aprieta La muerte en Venecia con rabia. A lo lejos las escucho: aúllan, una tras otra, otra más. Llevan otros contagiados, algunos de ellos han adquirido la peste por respirar hondo un par de veces o por saludarse de beso, dulce Lucía, pequeña puta. Salgo del bote. Camino un par de cuadras ya sin abrigo. Tengo entre los labios el sabor de la piña podrida de los tacos, tengo en la nariz este olor a formol y a cloro: este aroma de atrofia, de jeringa, de residuo colilla, de sangre vuelta coágulo.
Las personas están atrincheradas en sus ventanas, puedo percibirlas, mirando en la virilla de su minúscula ventana antiviral. Están amagando sus diminutos progresos sanitarios como abejas: construyendo la miel de los días renovados, cuando todo esto se acabe..., cuando no seamos más que... Jeringa, cubreboca, vacío, sustancia espectral vestida de blanco. Traje epidémico a la moda... Consulta treinta pesos. Pierna de cerdo entre las llamas. Clorofila humana contra los puercos insalubres y las putas infectas.

*

Los negocios pequeños han cerrado, excepto las fruterías de Héroes del 47. No hay clientes sino moscas alrededor de las frutas fuera de temporada. Nada parece estar en temporada en estos días. Todos los comercios están cerrados excepto las farmacias y los supermercados. Las personas no pueden vivir sin el supermercado, comen cosas fuera de temporada: latas. El incremento de las latas por estos días es indispensable: material metálico. Las sirenas suenan intermitentes a lo largo del día mezclando su terror con el del vacío de la ciudad y su agonía. Cuánta libertad en estas calles sin gente, pienso reconfortado y emprendo el regreso al hospital para devolver el libro. Me detengo frente a un puesto de fruta. La fruta se derrite en el calor, tomo un durazno y lo muerdo. El sabor del durazno me recuerda que estoy bajo el sol y un ataque de tos me hace soltar la fruta y tirarla en medio de la calle. El vendedor de las frutas me mira asqueado, ¿es posible que tenga tanto odio hacia mi inmunda presencia? Extiendo la mano con las monedas para pagar, pero el hombre las rechaza, balbucea algo furioso y se mete al agujero de su tienda podrida.

*

Regreso. Si te encontrara ahora, justo ahora, en medio de este vacío, correría hasta abrazarte y meter mi lengua en tu garganta, puta imbécil. Camino acelerando, algunos automóviles salpican con su ruido esta suciedad mezquina y ya puedo sentir los gérmenes adentro de mi cuerpo, re-pro-du-cién-do-se. Tragándose mis intestinos, mis pulmones y mis glándulas. El hospital permanece mortecino bajo la luz de las cinco de la tarde. Todo esto me parece sumamente extraño: lo camuflado en otra cosa que ya había visto antes. Esto lo he vivido antes, pienso angustiado. Me quito los zapatos y siento al suelo contaminado picar mis pies. Hace, en efecto, mucho calor. A media cuadra del hospital, me quito la ropa para ayudar a los médicos a la desinfección. Zona de urgencias. Una cadena de médicos buitres me impiden entrar. Envueltos en sus trajes blancos me sujetan los brazos. En el camino, he perdido, tirado y olvidado La muerte en Venecia, ahora me será imposible volverte a ver, camilla 1342. Soy un jodido loco y estoy enfermo. También tengo mucho calor y estoy desnudo, hijos de puta. Las enfermeras me clavan las agujas en el brazo derecho y entonces te recuerdo, Lucía, muy extraña, muy lejana, así como te decían tus ojos, estúpida puta.

martes, 5 de mayo de 2009

Diario suicida I (pedazos)

I.

[...] Por principio tenía que comerme el taco. Estaba mirando a las escasas personas con cubrebocas que coloreaban las calles vacías: todas azules. Más disfrazadas que antes. Me preguntaba por el camuflaje, también por las cucarachas. ¿Dónde estarían ahora? Camine y me detuve frente al cerdo. Lo miré atentamente, con esas costras de grasa suculenta quemadas por el fuego. Por principio tenía que comerme un taco. Un halo a formol que impregnaba el ambiente viciado de la calle sucia, me dio escalofríos: llevaba tres semanas con tos. Tenía, forzosamente que comerme aquel taco. Su insalubridad repentina, de la cual cobré conciencia mientras miraba la suculenta pierna colgada, girando entre las llamas, me llamaba con insistencia. Pedí 5 tacos y me los tragué con ansiedad, casi sin masticar. Luego, me senté en la hilera de personas afiebradas en la farmacia de junto que esperaban por su consulta médica de 30 pesos. Una mujer me preguntó si estaba enfermo, le dije que no, que sólo descansaba por mi ingestión de tacos al pastor, pero que si podían revisarme estaba muy bien, ya que la tos me impedía dormir. La mujer me miró desconcertada, en realidad, mi imagen no era muy buena, mi abrigo le habrá parecido un signo de mi inmundicia, con este calor de 35 grados y con un abrigo invernal y lo suficientemente sucio. A la vez, sudaba y mi aspecto facial tampoco era del todo "saludable"; la barba crecida, el hedor en las axilas, en fin..., todos los síntomas de un enfermo. Me miré en el espejo que se encontraba a mis espaldas, mientras los pacientes en espera me observaban con franco terror. Sonreí malignamente ante la torva imagen que me devolvía el vidrio empañado con el aliento de los otros enfermos. Ciertamente, mi aspecto era deleznable. Me harté de esperar. Caminé sin dirección disfrutando el horizonte vacío. En la esquina lo encontré: un hospital magnífico. La gente se agolpaba contra las rejas. Había un sinfín de ambulancias ingresando contagiados. Los médicos con sus trajes anti-epidémicos hacían señales a las enfermeras que encaminaban a los pacientes a la rutinaria revisión. Me escabullí en el bullicio trágico y logré entrar a la zona de urgencias. En el primer pabellón, los infectados. Caminé entre las camillas con aire de autosuficiencia y me detuve frente a la de un joven de 23 años, tenía la cara amoratada y junto a sus lívidos brazos un ejemplar de La muerte en Venecia, esto me pareció altamente curioso, así que me senté junto al enfermo y comencé a hojear el libro. Después de mi revisión, tuve el impulso de tocarle la frente, el enfermo entreabrió los ojos y me miró aterrorizado, estaba en ello, cuando una enfermera con traje de astronauta me gritó desde la puerta: Oiga, no puede estar aquí. Mi primera reacción fue echarme a correr, salí del hospital con la idea fija de que esos hijos de puta me buscarían hasta ingresarme. Corrí unas cinco cuadras cuando caí en la cuenta de haberme llevado el libro. Ahora tendría que regresar...